El dominio global del gas y el reto de la seguridad energética en Colombia
Por PhD Mario Fernando Zamora Santacruz
La geopolítica del gas natural cuenta hoy una historia de profunda asimetría, donde el control de este recurso estratégico define la estabilidad económica y el poder político mundial. Mientras las grandes potencias consolidan un dominio absoluto sobre el suministro global, las naciones en desarrollo se enfrentan a un desafío crítico para garantizar su propia autosuficiencia. El gas ha dejado de ser un simple combustible de transición para convertirse en el verdadero soporte de la seguridad energética de los países.
A la cabeza de esta industria se encuentra Estados Unidos, una potencia que hoy concentra cerca de una cuarta parte de la producción mundial del energético. En términos de producción comercializada, el país norteamericano lidera de forma indiscutible con un volumen anual de 1,1 billones de metros cúbicos de gas. Esta cifra supera el doble de lo producido por Rusia, su competidor más cercano con 625.000 millones de metros cúbicos, y sobrepasa con creces el volumen que generan en conjunto Canadá, China y Catar.
El liderazgo estadounidense no es una casualidad de la naturaleza, sino el resultado del desarrollo de tecnologías aplicadas. El despliegue de la fracturación hidráulica y de la perforación horizontal permitió explotar vastas reservas de gas no convencional que antes eran inaccesibles. Gracias a este avance, la primera potencia mundial no solo aseguró su independencia energética, sino que se convirtió en uno de los mayores exportadores globales de gas natural licuado.
Pese al empuje norteamericano, Oriente Medio mantiene un rol estratégico ineludible en el mercado internacional gracias a la magnitud de sus yacimientos. Países como Catar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos conservan una relevancia capital en la industria energética. En el caso de Catar, su posición como líder exportador se ha visto reforzada por la expansión del Campo Norte, considerado el yacimiento de gas natural más grande del mundo.
Cuando se analiza el mapa por regiones, la concentración geográfica del recurso es evidente. América del Norte, Eurasia y Oriente Medio concentran en su conjunto el 68% de la producción mundial de gas natural. Esta centralización del mercado demuestra que, a pesar del notable crecimiento industrial que ha registrado la región de Asia-Pacífico en los últimos años, el control del flujo del gas sigue perteneciendo a unos pocos jugadores históricos.
Esta realidad de abundancia en el hemisferio norte contrasta con la situación de Colombia, un país que hoy vive una seria dificultad para asegurar su abastecimiento. En el contexto local, el gas natural ha sido catalogado como el combustible clave para la transición energética, debido a que es una alternativa más limpia que el carbón y el petróleo, indispensable para la economía y el bienestar social.
La importancia del gas en Colombia toca directamente el día a día de su población y su aparato productivo. Es el servicio que llega a las estufas de más de diez millones de hogares y que alimenta a las industrias manufactureras. Además, desempeña un rol de soporte vital para el sistema eléctrico, ya que es el insumo de las termoeléctricas que respaldan al país cuando las sequías del fenómeno de El Niño debilitan las hidroeléctricas.
Sin embargo, a pesar de su importancia, el panorama del abastecimiento en Colombia es preocupante. Las reservas probadas del país han sufrido una caída sostenida, ubicándose en niveles bajos que apenas alcanzan para cubrir la demanda interna por pocos años. La reducción en la exploración y la madurez de los campos tradicionales en tierra firme han dejado al país en una situación de vulnerabilidad.
Ante la insuficiencia de la producción local para cubrir las necesidades internas, Colombia ha tenido que recurrir de manera creciente a la importación de gas para evitar el desabastecimiento. En los últimos meses, el país ha tenido que importar una parte importante de su consumo de gas a través de la terminal de regasificación del Caribe, lo que expone a las tarifas y a los usuarios a los precios del mercado internacional.
La paradoja colombiana radica en que el país no carece de recursos, sino de la capacidad para extraerlos a tiempo. Los estudios geológicos coinciden en que el territorio nacional, especialmente en las aguas del mar Caribe, alberga descubrimientos de gran escala. Proyectos costa afuera como Uchuva, Gorgon y Glaucus representan la promesa de devolverle al país la autosuficiencia energética para las próximas décadas.
No obstante, el camino para transformar esas reservas submarinas en gas real para los hogares y las empresas está lleno de obstáculos regulatorios, financieros y logísticos. La explotación comercial de estos proyectos en el Caribe requiere inversiones muy altas, la resolución de procesos de consulta previa con comunidades y la construcción de infraestructura de transporte que conecte las plataformas marinas con la red nacional de gasoductos.
El escenario global de la industria del gas natural deja una lección clara que Colombia no puede pasar por alto si quiere mantener su estabilidad. La seguridad energética no se puede supeditar a decisiones de corto plazo o posturas que ignoren la realidad técnica y geológica. Depender del gas importado significa atar las tarifas de los hogares y los costos de las empresas a las fluctuaciones del dólar y a los vaivenes de las potencias mundiales que controlan este recurso.
La política energética de Colombia debe ser un proceso ordenado, realista y que priorice el abastecimiento nacional como un asunto de seguridad económica. El país debe agilizar de manera urgente las decisiones políticas, jurídicas y regulatorias necesarias para viabilizar la producción de sus yacimientos costa afuera y expandir la capacidad de transporte. De lo contrario, la soberanía energética será inviable y el país terminará pagando un costo muy alto por un recurso que tiene la oportunidad de producir en su propio territorio.
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Publicado por Massimo Di Santi
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