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El petróleo y la supervivencia de la humanidad

Una discusión que debe partir de la evidencia, no de ideologías

Durante las últimas décadas, el petróleo y el gas natural han sido presentados con frecuencia como los grandes responsables de los problemas ambientales de la humanidad. Esa discusión es legítima y necesaria. Lo que resulta menos razonable es convertirla en una conclusión simplista: que prescindir de los hidrocarburos sería una transición sencilla o que su desaparición no tendría consecuencias sobre la alimentación, el transporte, la industria y, en general, sobre la capacidad de la civilización para sostener a la población actual.

La realidad es más compleja. Los hidrocarburos no son únicamente combustibles. Constituyen, directa o indirectamente, una plataforma material y energética sobre la cual funciona una parte sustancial de la economía mundial. Fertilizantes, transporte, maquinaria agrícola, productos petroquímicos, materiales, logística, aviación y numerosas cadenas industriales dependen todavía de ellos. Por eso, la pregunta relevante no es si debemos transformar la matriz energética —esa transformación ya está en marcha—, sino qué ocurriría si esa transformación se hiciera sin alternativas suficientes, de manera abrupta y a escala global. Uno de los ejemplos más importantes está en la agricultura. En 1913, el desarrollo industrial del proceso Haber-Bosch permitió producir amoníaco a gran escala y abrió el camino a los fertilizantes nitrogenados modernos. Desde entonces, la productividad agrícola aumentó de manera extraordinaria. El nitrógeno sintético, producido principalmente a partir de gas natural, se convirtió en un componente crítico de la agricultura intensiva y, por extensión, de la seguridad alimentaria mundial. Sin los fertilizantes nitrogenados el mundo solo podría alimentar a 3.000 millones de personas lo que generaría la mayor hambruna jamás imaginada. El mundo utiliza 17 BCF de gas por día como materia prima de los fertilizantes nitrogenados. — Colombia consume en todos los sectores 1.2 BCF por día—.

El punto central no es afirmar que cada tonelada de alimento producida en el planeta dependa exclusivamente del petróleo o del gas. Eso sería técnicamente incorrecto. El punto es que una interrupción súbita de los hidrocarburos eliminaría o encarecería simultáneamente múltiples insumos esenciales: fertilizantes, combustibles para maquinaria, transporte de alimentos, generación de energía en determinados sistemas y materias primas petroquímicas. La vulnerabilidad, por tanto, no está en un solo eslabón, sino en la interdependencia de toda la cadena. 

A esto se suma la escala del sistema energético. El mundo consume alrededor de 103 millones de barriles de petróleo por día. Una parte importante se destina al transporte, pero otra alimenta la petroquímica, la industria, la generación eléctrica y otros usos. Además, circulan cientos de millones de vehículos con motores de combustión interna y existe una enorme infraestructura mundial de aviación, navegación y maquinaria agrícola que no puede sustituirse instantáneamente por tecnologías alternativas.

En el mundo existen 1.700 millones de vehículos de combustión interna de cuatro o más ruedas que consumen combustibles equivalentes a 40 Mbopd, 650 millones de motocicletas que consumen 2.5 Mbopd, 650.000 aeronaves que consumen 8 Mbopd, 5.5 millones de embarcaciones marinas o fluviales que consumen 6 Mbopd. De igual manera la petroquímica consume 16 Mbop, la generación eléctrica 3 Mbopd, la calefacción de hogares 4 Mbopd y la industria no petroquímica 13 Mbopd. Solo la maquinaria utilizada en la agricultura consume cerca de 4 Mbopd.

Imaginemos, entonces, un escenario extremo: que la producción mundial de petróleo y gas se detuviera de manera repentina, sin sustitutos disponibles y sin tiempo para adaptar la infraestructura. No sería necesario sostener que la humanidad desaparecería de inmediato para comprender la magnitud del riesgo. Bastaría con reconocer que se producirían disrupciones severas en el transporte, la producción industrial, la logística, la agricultura y el suministro de bienes básicos. La disponibilidad de alimentos podría deteriorarse rápidamente en numerosas regiones y países, los precios se dispararían y los Estados enfrentarían una presión social y geopolítica extraordinaria.

En ese escenario, la seguridad alimentaria sería probablemente uno de los mayores problemas. No porque el planeta deje de tener tierras cultivables, sino porque la agricultura moderna depende de una compleja combinación de energía, fertilizantes, maquinaria, agua, transporte, almacenamiento y comercio internacional. Si varios de esos componentes fallaran simultáneamente, la capacidad efectiva de producir y distribuir alimentos se reduciría de forma drástica. Acabar de manera abrupta la producción de hidrocarburos generaría una crisis apocalíptica nunca imaginada por la humanidad, que produciría numerosas guerras por controlar los alimentos y recursos y podría llevar a la humanidad a su extinción en cerca de una década.

Aquí aparece una distinción fundamental: una cosa es reducir progresivamente la dependencia de los hidrocarburos y otra muy diferente es eliminarlos antes de disponer de sustitutos capaces de cumplir sus funciones a la misma escala, con costos compatibles y con la infraestructura necesaria. La primera estrategia puede ser una política de transición energética; la segunda sería un experimento de alto riesgo con la seguridad alimentaria, la económica mundial y la supervivencia de la humanidad.

Esto no significa desconocer los impactos ambientales de los combustibles fósiles ni negar la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Significa reconocer que la transición energética debe diseñarse sobre la base de la seguridad energética, la seguridad alimentaria y la estabilidad económica. Una política responsable no puede limitarse a preguntar cuánto petróleo queremos dejar de consumir; también debe responder qué tecnología sustituirá cada uso, en qué plazo, con qué infraestructura, con qué materias primas y a qué costo.

Colombia debería asumir esta discusión con especial seriedad. El país posee reservas de petróleo y gas, una industria con conocimiento técnico acumulado y una economía que todavía obtiene ingresos fiscales, divisas y actividad productiva de este sector. Mantener y desarrollar responsablemente estos recursos no implica renunciar a la transición energética. Puede significar, precisamente, utilizar el período de transición para financiar infraestructura, innovación, educación y nuevas fuentes de energía, mientras se preserva la seguridad energética y se generan recursos para combatir la pobreza. Colombia debe generar de inmediato una estrategia para incrementar su producción de hidrocarburos incluyendo la producción inmediata de proyectos de fracking. 

La discusión pública necesita menos ideología y más datos. Los hidrocarburos no son una solución permanente a todos los problemas de la humanidad, pero tampoco son un enemigo cuya desaparición inmediata pueda celebrarse sin consecuencias. Son, hoy, una parte esencial del sistema que sostiene la civilización moderna. El desafío consiste en sustituirlos de manera ordenada allí donde existan alternativas viables, sin poner en riesgo aquello que queremos proteger: la alimentación, el empleo, el desarrollo y la vida de miles de millones de personas.

La pregunta, por tanto, no debería ser simplemente si el mundo puede vivir sin petróleo. La pregunta correcta es si la humanidad está preparada para hacerlo, cuándo puede hacerlo y con qué alternativas. Mientras esas respuestas no sean suficientemente sólidas, una interrupción abrupta de los hidrocarburos no sería un triunfo ambiental: sería una amenaza sistémica. Y una amenaza de esa magnitud merece ser discutida con rigor, sin negar los problemas ambientales, pero también sin desconocer la realidad material que sostiene nuestra civilización.

BCF: Billón de pies cúbicos de gas o mil millones de pies cúbicos de gas.

Mbopd: Millón de barriles de petróleo por día

Luis Enrique Rojas C.

PhD, DBA, MBA, Especialista en Negociación, Especialista en Alta Gerencia, Especialista en Gerencia de Proyectos, Ingeniero de Petróleos. 

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Publicado por Massimo Di Santi

Massimo Di Santi. Periodista, Comunicador Social y Presentador de diferentes medios internacionales. Ganador de múltiples premios, ha cubierto importantes eventos a nivel mundial y es un destacado periodista de guerra. Creación IA

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