Geopolítica del petróleo: Colombia ante el resurgimiento de PDVSA y la inversión extranjera
Por PhD Mario Fernando Zamora Santacruz
La arena geopolítica de Suramérica ha sido sacudida por un terremoto de proporciones, y su epicentro se encuentra en Venezuela. Los eventos que marcan el inicio de 2026, desde la intervención militar hasta el inminente levantamiento de las sanciones estadounidenses, no son meros titulares; son los catalizadores de una reconfiguración energética regional que exige de Colombia una estrategia profunda, ágil y, sobre todo, una reafirmación inquebrantable de su visión pro-industria petrolera. Lo que se vislumbra no es solo una oportunidad, sino un desafío existencial para la soberanía energética colombiana.
Venezuela posee las reservas de petróleo más grandes del mundo, un tesoro que supera con creces a potencias como Arabia Saudita e Irán. Esta verdad inmutable, combinada con la promesa de hasta US$100.000 millones en inversión para su sector, es un game-changer absoluto.
El resurgimiento de Venezuela como una fuerza energética global es inevitable y gigantes del sector como Chevron, ExxonMobil, ConocoPhillips, Repsol, Eni y Maurel & Prom, están alineados y listos para capitalizar este "nuevo escenario político". La reactivación de Pdvsa, lejos de ser un mero incremento en la oferta global, se erige como un competidor directo y formidable en la lucha por el capital y los mercados, una realidad que Colombia no puede permitirse ignorar.
La posibilidad de reactivar el gasoducto binacional, cuya viabilidad técnica es palpable detalla los puntos de regasificación bajo la lupa de la CREG, es, a primera vista, una bocanada de aire fresco para la seguridad de suministro de Colombia. En un contexto donde la demanda interna está bajo asedio por la escasez y una parálisis regulatoria crónica, el acceso a las vastas reservas de gas venezolanas se presenta como una válvula de escape crucial. Sin embargo, este optimismo debe ser calibrado con un realismo técnico y financiero inquebrantable.
La reconstrucción de esta infraestructura crítica demandará inversiones que oscilan entre los US$45 y US$300 millones, sin mencionar la imperativa resolución de deudas pendientes entre Ecopetrol y PDVSA que no pueden ser relegadas al olvido. La visualización de la infraestructura a convertir entre Coveñas y Ayacucho, junto con los gasoductos TGI y Promigas, confirma la factibilidad técnica, pero pone de manifiesto que la inversión y los cronogramas de ejecución son los verdaderos nudos gordianos a desatar.
No obstante, el verdadero desafío para el sector energético colombiano no reside únicamente en la tubería y las moléculas, sino en la feroz competencia por el capital. Una PDVSA revitalizada, operando bajo el auspicio de una administración Trump y con el respaldo estratégico de las principales operadoras energéticas estadounidenses, se perfila como un titán.
Colombia, y Ecopetrol en particular, se encuentran ahora en la primera línea de una batalla por atraer y retener la inversión extranjera. Si Venezuela logra desmantelar su arraigado entramado de corrupción estructural y ofrece condiciones fiscales y contractuales verdaderamente atractivas, el flujo de capital que actualmente sustenta la industria colombiana podría reorientarse masivamente hacia el vecino país, donde el potencial de reservas eclipsa a los gigantes petroleros tradicionales.
Para la industria petrolera nacional, el mensaje es unívoco y urgente: la apertura de Venezuela no debe, bajo ninguna circunstancia, significar el marchitamiento de la exploración y producción en Colombia.
El Gobierno debe comprender que la importación de gas es un complemento estratégico para la seguridad energética, pero jamás un sustituto de la producción local. Es más vital que nunca fortalecer a Ecopetrol, garantizar una estabilidad jurídica infranqueable y generar un ambiente de inversión predecible y competitivo. En el nuevo orden energético de Suramérica, solo aquellos que demuestren capacidad para competir en un mercado con una oferta abundante y precios bajo presión a la baja, serán los que sobrevivan y prosperen.
Estamos en un umbral histórico que presenta una oportunidad sin precedentes para la integración energética, pero también entraña el riesgo inmenso de que Colombia pierda relevancia en el mercado global si no actúa con la seriedad, la anticipación y la audacia que este nuevo panorama político y económico demanda.
La reactivación de la infraestructura gasífera venezolana y la inminente entrada de los grandes jugadores de la industria exigen de Colombia una respuesta estratégica que no solo asegure su futuro energético, sino que cimente su posición como un actor resiliente y competitivo en el convulso tablero energético global. El tiempo para la inacción ha terminado; la era de la acción estratégica ha comenzado.
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Publicado por Massimo Di Santi
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