La producción petrolera regional superará los 8,8 millones de bpd este año, impulsando la mayor parte del crecimiento de la oferta fuera de la OPEP+ y confirmando que América Latina ya no se comporta como una región petrolera homogénea. Brasil seguirá siendo el principal motor de crecimiento en 2026, con una producción estimada superior a los 4,2 millones de bpd, respaldada por la escala, resiliencia y competitividad en costos de sus desarrollos en el presal. Este crecimiento estará vinculado a la puesta en marcha y aceleración de nuevas unidades flotantes de producción, almacenamiento y descarga (FPSO).
El shale, catalizador de la inversión acelerada
El verdadero catalizador de la inversión acelerada en la región es el sector del shale, que se espera crezca de 9.400 millones de dólares en 2025 a casi 11.000 millones en 2026, íntegramente en Argentina. Asimismo, el sector offshore en aguas profundas podría atraer inversiones por 42.000 millones de dólares este año, un 7,7% más que el año anterior. Esta trayectoria se sustenta en los sólidos fundamentos del shale de Vaca Muerta y en la resiliencia de los barriles del presal brasileño y de las nuevas fronteras energéticas en Guyana y Surinam.
En el caso de Venezuela, el interés de actores más pequeños se apoya en el acceso facilitado por licencias, que reduce los costos iniciales de capital, así como en la posibilidad de asegurar crudo pesado para refinerías de la Costa del Golfo de Estados Unidos a precios atractivos. Los traders también pueden gestionar la logística, las mezclas y las restricciones regulatorias necesarias para comercializar estos barriles.
No obstante, los proyectos de largo plazo y alta inversión inicial —como los offshore en Brasil, Guyana y Surinam— siguen siendo económicamente viables bajo el actual escenario de precios del petróleo, gracias a sus bajos puntos de equilibrio, lo que reduce el impacto de estos movimientos de corto plazo hacia Venezuela. Vaca Muerta, pese a ser un desarrollo shale de ciclo más corto, ha comprometido inversiones en nueva infraestructura y también muestra resiliencia frente a una eventual recuperación venezolana en un entorno de precios a la baja.
“Si la demanda de petróleo se mantiene sólida hasta 2035 y se sienten plenamente los efectos de años de subinversión, los barriles venezolanos podrían ganar mayor relevancia. En un escenario de precios más altos y decisiones de inversión racionales a largo plazo, la producción venezolana podría resultar atractiva. Sin embargo, seguirán existiendo alternativas más competitivas, mientras que el crudo extrapesado y de alta intensidad de emisiones de Venezuela continuará enfrentando desafíos estructurales”, dice Radhika Bansal, vicepresidenta de Investigación de Petróleo y Gas.
Fuera de los tres grandes productores y en el corto plazo, algunos países cercanos geográficamente a Venezuela podrían desarrollar relaciones distintas en un mercado de exploración y producción más abierto. Trinidad y Tobago, por ejemplo, cuenta con oportunidades para canalizar gas offshore venezolano hacia sus plantas de gas natural licuado (GNL). Colombia, en cambio, podría enfrentar una mayor competencia por capital, dado que dispone de escasas oportunidades restantes para nuevos desarrollos petroleros. Incluso podría verse afectada por una competencia laboral, ya que la reactivación de la producción venezolana demandaría mano de obra especializada disponible en el país vecino.