Lecciones de la VIII Cumbre Energética: Retos Inmediatos para la Seguridad y Competitividad del País
Por PhD Mario Fernando Zamora Santacruz
La VIII Cumbre de Petróleo, Gas y Energía realizada en Cartagena dejó una reflexión profunda sobre el momento decisivo que atraviesa Colombia en materia energética. Más allá de las cifras y de los anuncios puntuales, el evento puso sobre la mesa una realidad que los actores del sector llevan años advirtiendo: el país necesita decisiones rápidas, coherentes y sostenidas si quiere asegurar su soberanía energética en las próximas décadas.
La discusión dejó claro que la exploración sigue siendo el gran cuello de botella. Durante más de trece años, Colombia ha postergado la ejecución de 130 pozos exploratorios ya comprometidos, una señal que preocupa en un contexto donde las reservas actuales de petróleo rondan solo los siete años y las de gas no alcanzan los seis.
La incertidumbre regulatoria, las demoras en licenciamiento ambiental y las tensiones sociales han frenado proyectos estratégicos que podrían ampliar de manera significativa el horizonte energético. No es casual que varios expertos resaltaran el potencial de los yacimientos offshore y los no convencionales, los cuales podrían multiplicar las reservas de gas hasta setenta veces y las de crudo hasta cuatro, si el país cuenta con una política clara que dé estabilidad a los inversionistas.
La infraestructura es otro de los temas que exige atención urgente. La red de ductos, estaciones y terminales requiere modernización para evitar cuellos de botella y garantizar eficiencia operativa.
El midstream, tradicionalmente visto como un segmento estable, enfrenta ahora desafíos derivados de nuevas demandas de transporte, mayores exigencias de seguridad y la necesidad de integrar herramientas como inteligencia artificial, digitalización avanzada y sistemas predictivos. Sin inversión, este segmento podría convertirse en un freno para el crecimiento del sector.
La capacidad de refinación también se convirtió en un punto central del debate. Aunque Colombia avanza en energías limpias, la demanda de combustibles sigue creciendo y seguirá siendo determinante en los próximos años. Perder capacidad de refinación ya sea por falta de inversiones, cierres anticipados o decisiones inconsistentes obligaría al país a depender de importaciones costosas y vulnerables a los vaivenes del mercado internacional.
La transición energética no puede traducirse en abandonar los activos estratégicos que hoy garantizan el suministro. La industria reiteró que la transición debe ser gradual, ordenada y basada en la evidencia: no se trata de apagar la infraestructura fósil para encender la renovable, sino de asegurar que ambas convivan mientras se construye un sistema capaz de sostener la demanda futura.
Otro aspecto que marcó la conversación fue el clima de inversión. Los empresarios y expertos insistieron en que sin un marco regulatorio estable no habrá capital para financiar los proyectos que el país necesita. La exploración, las renovaciones de infraestructura, los sistemas de transporte, la expansión de energías renovables y la captura de carbono dependen de atraer recursos privados.
En un mundo donde la competencia por inversiones es feroz, Colombia no puede enviar señales ambiguas. Según cifras citadas en la Cumbre, si la inversión global cae, la oferta energética podría disminuir hasta un 8% anual, un escenario que afectaría directamente a países con baja autosuficiencia.
La transición energética fue, naturalmente, otro de los grandes temas. Todos coinciden en la necesidad de reducir emisiones y avanzar hacia fuentes más limpias, pero el consenso es que Colombia no puede apresurarse sin tener antes resuelto su abastecimiento.
La biomasa, la eólica, la solar y el hidrógeno verde son esenciales para el mediano y largo plazo, pero requieren estabilidad, infraestructura, redes robustas y una planificación que hoy aún está en construcción. Mientras ese futuro toma forma, el petróleo y el gas seguirán siendo protagonistas de la economía: financian el presupuesto nacional, las regalías de las regiones, miles de empleos y buena parte del desarrollo industrial.
Al final, la Cumbre dejó una conclusión compartida: el futuro energético de Colombia no se define solo con discursos. Se necesita una hoja de ruta integrada, técnica y sostenida, que reconozca la importancia del petróleo y el gas en la transición, que fomente la exploración, que proteja la capacidad de refinación, que modernice la infraestructura, que dé seguridad jurídica a los inversionistas y que prepare el terreno para un sistema más diversificado y limpio.
La Colombia del 2040 se construye con decisiones adoptadas hoy, con diálogo entre Estado, industria y sociedad, y con una visión que entienda que abandonar los hidrocarburos de manera improvisada sería tan riesgoso como ignorar la urgencia de transformar el sistema energético.
En paralelo, el evento ADIPEC 2025 reforzó un principio clave que también aplicamos al contexto colombiano: la energía no solo debe transicionar, sino adicionarse. Esto significa ampliar la oferta, no reducirla, combinando fuentes convencionales con renovables, integrando inteligencia artificial, infraestructura robusta e inversiones significativas en toda la cadena energética. Allí se destacó cómo la colaboración público-privada, dirigida a generar más energía, con menor intensidad de carbono y mayor eficiencia, puede ser un modelo aplicable para Colombia.
En Oil Channel seguiremos monitoreando de cerca la evolución de estas discusiones, porque lo que está en juego trasciende a un solo sector: compromete la estabilidad energética del país, la competitividad de toda su estructura productiva y, en última instancia, el bienestar y la calidad de vida de millones de colombianos.
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Publicado por Massimo Di Santi
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