El triunfo de Pekín: China desplaza a EE. UU. como garante de la seguridad energética global.
Pekín utiliza a Pakistán como mediador para proteger sus activos en la zona sin confrontar directamente a Washington
La actual situación en el Golfo Pérsico, desencadenada por la administración de Donald Trump contra la República Islámica, se ha convertido en una ventana temporal para reordenar el sistema energético global. Con el Estrecho de Ormuz bajo un riesgo constante que compromete el 20% del suministro mundial de petróleo y el 33% del GNL, los mercados enfrentan una volatilidad que mantiene al barril Brent por encima de los 100 dólares.
En este entorno, la relevancia de China no nace de una participación directa en el conflicto, todo lo contrario. El quid de la cuestión estáen la resiliencia de Pekín. Una estrategia que le permite actuar como una región estable y sin taras, mientras que su rival se sumerge en un conflicto altamente costoso.
La más lista de la clase: China y su seguridad energética actual
La ventaja competitiva que tiene China hoy en cuanto a seguridad energética es el resultado de años de apoyo político y financiación multimillonaria. Tras disrupciones sucesivas de la oferta energética durante décadas, Pekín inició una estrategia de reducción de riesgos para evitar posibles bloqueos navales en estrechos tan relevantes como el de Ormuz. La firma del pacto de 25 años con Teherán en 2021 —valorado en 400.000 millones de dólares— garantizó a China un flujo de energía constante al margen del sistema occidental.
Históricamente, China ha conseguido capitalizar los errores de su archienemigo. Mientras EE.UU quemaba 8 billones de dólares en intervenciones militares en Oriente Medio, China construía una red de infraestructuras energéticas bajo la iniciativa de la Franja y la Ruta. Esta forma de actuar permite hoy a Xi Jinping aplicar una diplomacia de perfil bajo mientras el orden de seguridad internacional apoyado en EE.UU se desvanece en suelo iraní.
China es la mayor consumidora de crudo iraní, pero la menos afectada por el conflicto
El impacto derivado del bloqueo en el Estrecho de Ormuz no afecta a todas las regiones por igual. Mientras que el 83% de las exportaciones de crudo que transitan por este punto tienen como destino el mercado asiático, China ha logrado reducir al mínimo este impacto gracias a tres pilares claves de su estrategia. En primer lugar, Pekín ha priorizado una estrategia logística proteccionista, manteniendo reservas equivalentes a 110 días de consumo sin necesidad de importar nada. Esta previsión le permite absorber interrupciones de suministro periódicas que en naciones vecinas, como Corea del Sur o Filipinas, ya han provocado medidas drásticas de racionamiento y reducciones en la semana laboral de apenas cuatro días, con el consecuente impacto que esto puede tener en la productividad.
A esto se suma la buena gestión económica en los acuerdos firmados por China. Gracias al trato con Irán, mediante el cual absorbe el 90% de las exportaciones petroleras del país, el gigante asiático sigue recibiendo crudo con descuentos muy sustanciales respecto a la referencia Brent. Esta ventaja permite que sus refinerías operen con márgenes de beneficio muy altos respecto a competidores que están viendo mermados sus beneficios dados los altos precios.
Finalmente, Pekín ha acelerado su distanciamiento de los combustibles fósiles a través de energías renovables. Solo en 2024, China instaló 360 gigavatios (GW) de capacidad eólica y solar (más de la mitad de las nuevas instalaciones ese año), elevando su capacidad instalada a 1,4 teravatios (TW). Esta transición, sumada a la prohibición estratégica de exportar tecnologías relacionadas con minerales críticos, garantiza que la inflación no afecte tanto al país. Todo lo contrario sucede con EE.UU, quien se enfrenta a un grave problema de reposición armamentística. Para fabricar los misiles Patriot consumidos en el conflicto, Estados Unidos depende de tierras raras chinas, dado que Pekín controla el 98% del galio refinado mundial y ha restringido activamente su suministro a los contratistas militares estadounidenses.
Pakistán como artista invitado, de la mano de China
El escenario geopolítico actual está lejos de resultar coherente, teniendo en cuenta que ahora Pekín quiere ejercer de mediadora en el conflicto, pero no de una forma directa. La asociación con Pakistán para mitigar el conflicto a dejado al mundo atónito. Enmarcada en cinco puntos clave, esta iniciativa condiciona la reapertura del Estrecho de Ormuz a la garantía de estabilidad para las inversiones chinas en la región, haciendo a Pekín una pieza indispensable para el final del conflicto y la posterior vuelta a la normalidad en las zonas afectadas. Por contra, Washington se estáviendo obligado a comprometer activos militares de élite en una campaña que, tal y cómo está ahora mismo, dista mucho de conseguir los objetivos propuestos al inicio: el final del régimen y la abolición total de la fuerza nuclear iraní.
Dentro de esta dinámica, Teherán ha quedado reducido a ser un socio “obligado” de Pekín cuya supervivencia económica depende casi exclusivamente del papel que juega para/con China. Esto da cierto control a Xi Jinpingsobre la salida diplomática del conflicto, ya que puede dictar los términos de la negociación conforme a sus intereses. Aquí entra Pakistán, consolidándose como el canal de comunicación indirecto entre la administración Trump y el régimen iraní. Esta mediación pakistaní permite a China ejercer una influencia decisiva en el resultado del conflicto sin la necesidad de asumir grandes inversiones militares que implicaría un compromiso directo en la guerra.
Mientras, en Occidente, a por uvas
El riesgo para Occidente es la alta dependencia energética y la ruptura del sistema energético global tal y como lo conocemos hasta hoy. Goldman Sachs estima que el daño al PIB estadounidense duplicará al de China, incentivando una fuga de capitales hacia el mercado asiático. Además, la guerra ha provocado algo de lo que pocos hablan:Washington ha desviado activos navales del Mar de China Meridional hacia el Golfo, otorgando a Pekín una ventana de oportunidad en Taiwán. El mayor riesgo a largo plazo es la aceleración del "petroyuan". Si China logra que Ormuz reabra bajo transacciones en moneda local, el dólar perderá su función de “petrodólar”.
Estamos viviendo algo histórico
A medio plazo, la paz en el Golfo no se firmará en la Casa Blanca. Los indicadores sugieren que la administración Trump, acorralada por la inflación, la posible desaceleración económica y la bajada de sus índices de popularidad a semanas de las elecciones, se verá obligada a aceptar la mediación china en la cumbre de mayo. Este desenlace no representará solo el fin de una guerra, sino la “transferencia de poderes” formal de Washington a Pekín. China saldrá del conflicto no como una potencia militar propiamente dicha, sino como el único garante de la viabilidad económica internacional.
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Publicado por Massimo Di Santi
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