El nuevo tablero energético: multinacionales se van, el país en incertidumbre
La decisión de Ecopetrol y Shell de presentar ante la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC) una solicitud de preevaluación para ceder la participación de la multinacional angloholandesa en contratos offshore representa un episodio clave en la historia reciente del sector energético colombiano.
Aunque el análisis preliminar señala que la operación no alteraría de manera significativa los niveles de concentración del mercado, su trasfondo revela un cambio estructural más profundo: la salida de un jugador internacional de gran relevancia y el reforzamiento del papel de Ecopetrol como actor casi único en la exploración de hidrocarburos en aguas profundas.
El informe técnico elaborado por la firma Baker McKenzie y divulgado por la SIC ofrece una radiografía del mercado. De acuerdo con cifras de la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH), en Colombia existen 13,43 millones de hectáreas destinadas a exploración.
De ese total, el Grupo Ecopetrol, sumando su participación directa y la de su filial Hocol, concentra cerca de 2,7 millones de hectáreas, lo que equivale al 20,7% del mercado. Otras compañías como Parex Resources, Anadarko, CNE Oil & Gas, Amerisur, Drummond, Gran Tierra, Frontera Energy, Geopark y Lewis Energy ocupan posiciones intermedias, mientras que Shell apenas participa con el 1,1% de las hectáreas en exploración.
Tras la eventual transacción, Ecopetrol pasaría a controlar el 21,8% de la torta total, una variación calificada como marginal en términos de competencia, pero estratégica en el sentido de consolidar su liderazgo en el segmento offshore.
La salida de Shell de los proyectos en el Caribe colombiano se inscribe en una tendencia que no es nueva. En poco más de una década, seis de las principales multinacionales del mundo han abandonado el negocio exploratorio en el país.
BP se retiró en 2010 tras vender sus activos a Ecopetrol y Talisman; TotalEnergies salió el mismo año al transferir su filial Tepma a la china Sinochem; ConocoPhillips se retiró en 2013 luego de intentar sin éxito desarrollar proyectos no convencionales; Chevron vendió en 2020 a Hocol su participación en los campos Chuchupa y Ballena en La Guajira; ExxonMobil se retiró en 2023 al cancelar su contrato de exploración con la ANH; y ahora Shell se suma a este éxodo, alegando ajustes en su portafolio global.
Todas estas compañías han coincidido en que Colombia dejó de ser un destino prioritario para sus inversiones de alto riesgo en exploración, y han optado por mercados más atractivos y estables.
La consecuencia inmediata es que Ecopetrol se ha convertido en el gran responsable de sostener la seguridad energética del país. El reto que enfrenta es mayúsculo. Los proyectos costa afuera son intensivos en capital, demandan plazos largos de maduración y enfrentan elevados riesgos geológicos y financieros.
Al mismo tiempo, la compañía debe cumplir con sus metas de rentabilidad, generar dividendos que sostengan el presupuesto nacional y avanzar en la diversificación de su portafolio hacia energías renovables, hidrógeno, biocombustibles y eficiencia energética. La tensión entre la necesidad de mantener la autosuficiencia petrolera y la obligación de responder a las exigencias de la transición energética coloca a la empresa en un terreno complejo y estratégico.
La retirada de las multinacionales también pone en evidencia los desafíos del entorno de inversión en Colombia. La incertidumbre regulatoria, los cambios frecuentes en las políticas públicas, la volatilidad de los discursos políticos y la presión social sobre la industria extractiva han debilitado la percepción de estabilidad. Si a ello se suma el avance global de la descarbonización y la reorientación de las carteras de inversión de las grandes compañías hacia proyectos de menor riesgo, se entiende por qué el país se ha quedado con menos socios en la tarea de explorar su potencial energético.
El futuro del sector dependerá, en buena medida, de la capacidad de Colombia para generar un marco de confianza que articule seguridad energética y transición de manera realista. Esto implica reglas claras, visión de largo plazo y coherencia en las decisiones.
Si bien Ecopetrol puede asumir temporalmente el vacío que dejan los grandes jugadores, cargar en solitario con esa responsabilidad supone un riesgo considerable. La autosuficiencia petrolera no puede descansar únicamente en la empresa estatal, sino en un ecosistema robusto de actores que encuentren condiciones adecuadas para invertir y permanecer en el país.
En este contexto, la salida de Shell y la consolidación de Ecopetrol en el control de proyectos costa afuera son señales de alerta que deben ser atendidas con seriedad. No basta con minimizar el impacto en términos de competencia de mercado.
Lo que está en juego es la sostenibilidad energética de Colombia en las próximas décadas y la posibilidad de conjugar los objetivos de transición con la realidad de un país que aún depende en gran medida de los ingresos y el suministro derivados de los hidrocarburos.
La pregunta de fondo es si Colombia podrá construir un modelo energético que atraiga inversión, diversifique riesgos y asegure la continuidad de sus recursos, o si seguirá transitando hacia un escenario donde Ecopetrol, en soledad, deba cargar con un peso cada vez más difícil de sostener.
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Publicado por Massimo Di Santi
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