Venezuela presenta alguna resistencia a cruda guerra energética, ¿cuánto le durará?
Por PhD Mario Fernando Zamora Santacruz
En un escenario internacional cada vez más complejo para la economía venezolana, marzo de 2025 trajo consigo un hecho que ha despertado tanto sorpresa como reflexión en la comunidad internacional: la producción de petróleo del país creció un 2,2%, alcanzando los 1.048.000 barriles por día (bpd), según cifras oficiales de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).
Este aumento representa un alza de 23.000 barriles respecto al mes anterior, consolidando un crecimiento progresivo que ya había comenzado a evidenciarse desde enero, cuando Venezuela superó el millón de bpd por primera vez desde junio de 2019.
Lo destacable de este crecimiento no radica exclusivamente en los números, sino en el contexto en que se produce. Durante el mismo mes, el gobierno del presidente estadounidense Donald Trump revocó las licencias otorgadas por la administración anterior a empresas extranjeras para operar en Venezuela, entre ellas gigantes como la norteamericana Chevron y la española Repsol.
Esta medida se acompañó de una nueva oleada de sanciones que incluyó la imposición de aranceles del 25% a compradores de petróleo y gas venezolano, además de la revocación de permisos a otras firmas como Global Oil Terminals, Eni, Maurel & Prom y Reliance Industries.
Frente a este endurecimiento de la presión internacional, el gobierno de Nicolás Maduro no solo ratificó su postura desafiante, sino que respondió con medidas políticas y económicas orientadas a blindar la economía nacional.
Entre ellas destaca la firma de un decreto de estado de emergencia económica, aprobado por el Parlamento, que otorga al Ejecutivo facultades excepcionales para contratar, suspender tributos y dictar regulaciones transitorias destinadas a estabilizar el aparato productivo. La vicepresidenta Ejecutiva y ministra de Hidrocarburos, Delcy Rodríguez, afirmó que la producción nacional se mantiene firme y en proceso de recuperación "con esfuerzo propio".
A pesar del complejo panorama geopolítico, la estrategia del gobierno venezolano parece estar enfocada en la autosuficiencia y en la reconfiguración de sus alianzas comerciales. La salida de Chevron, cuya operación fue extendida hasta el 27 de mayo, no ha frenado la producción local, y según fuentes del Ministerio de Petróleo, el crudo que ya no será adquirido por esta empresa norteamericana podrá ser redirigido hacia otros mercados que han mantenido relaciones energéticas activas con Venezuela, como China, Irán, Rusia y algunos países africanos.
Sin embargo, el crecimiento en la producción petrolera no puede ocultar los desafíos estructurales que enfrenta la industria. La infraestructura de PDVSA, deteriorada por años de falta de inversión, corrupción interna y restricciones tecnológicas impuestas por las sanciones, sigue requiriendo modernización urgente. La capacidad de refinación nacional también ha sido una limitante, llevando al país a depender parcialmente de la importación de diluyentes y aditivos para mejorar la calidad de su crudo pesado. A esto se suma la dificultad para acceder a repuestos, tecnología de punta y servicios especializados que tradicionalmente han sido suministrados por empresas occidentales.
Otro factor crucial para considerar es la fluctuación de los precios internacionales del petróleo. Aunque el repunte en la producción venezolana es notable, los ingresos que esta generación adicional pueda aportar están atados a un mercado que ha mostrado volatilidad en los últimos meses, producto tanto de tensiones geopolíticas como de la transición energética que avanza en distintas regiones del mundo.
Países como Estados Unidos y miembros de la Unión Europea han acelerado su apuesta por fuentes renovables, lo que podría impactar a mediano y largo plazo la demanda por crudos pesados como el venezolano.
A pesar de estas limitaciones, el repunte de la producción petrolera en Venezuela podría verse como un primer paso hacia la recuperación económica. No obstante, los expertos advierten que este crecimiento no será sostenible si no viene acompañado de reformas profundas dentro del sector.
Es necesario mejorar las condiciones laborales de los trabajadores petroleros, garantizar la seguridad de las instalaciones y recuperar la confianza de potenciales inversionistas, tanto nacionales como extranjeros. Además, se requiere de transparencia institucional y de una política energética clara que priorice el desarrollo integral del país, más allá de la mera supervivencia frente a las sanciones.
En definitiva, Venezuela está demostrando que, a pesar de los obstáculos, mantiene la capacidad de generar crudo y resistir los embates de la presión internacional. Sin embargo, la resiliencia petrolera debe ir acompañada de una visión a largo plazo que promueva una industria moderna, diversificada y eficiente. Solo así el recurso que por décadas ha sido el principal motor de su economía podrá seguir cumpliendo un papel clave en el desarrollo nacional.
Mientras tanto, el mundo observa con atención. Las decisiones de Washington, las maniobras de Miraflores y la respuesta del mercado internacional serán determinantes en la configuración del nuevo mapa petrolero del continente. Venezuela ha lanzado una señal clara: su petróleo sigue fluyendo, con o sin licencias extranjeras. Pero el desafío real apenas comienza.
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Publicado por Massimo Di Santi
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